Un año sin Amy

Si los fans de Amy Winehouse difícilmente han podido hacerse a la idea de perderla, más aún su familia, y en particular su padre Mitch, que tanto y tan públicamente luchó por intentar meter en vereda a la cantante, presionándola para que ingresara en un centro de rehabilitación, criticando sus excesos en la prensa para ver si reaccionaba, y alabando en voz alta sus pequeñas victorias. Ahora acaba de publicar un libro con el que espera recaudar por lo menos cuatro millones de euros que dedicará a ayudar a quienes tienen problemas de dependencia similares a los de su hija, pero la esperanza y la voluntad de superarlos.

A Mitch Winehouse, como a cualquier padre, le cuesta aceptar la realidad de la muerte de su criatura a pesar de que un año puede ser mucho tiempo, y se pregunta inevitablemente qué podría haber hecho de otra manera para que el desenlace de la historia fuera diferente. Busca pequeños consuelos, como por ejemplo el hecho de que consiguiera superar su devastadora adicción a la heroína, aunque la otra cara de la moneda es que se volvió una alcohólica. Podía pasar semanas a base de agua, jugos de frutas y refrescos, pero cuando le daba por beber -como la noche de su muerte- se metía en el cuerpo varias botellas. Una combinación que, unida a las pastillas y antidepresivos que tomaba, resultó letal.

El padre de Amy considera una tontería introducir a su hija en el fatídico club de los 27, el de legendarios cantantes como Jim Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison y Kurt Cobain que murieron precisamente con esa edad como consecuencia de sobredosis de unas sustancias u otras. Por mucho que las drogas sean un problema para los veinteañeros, sobre todo si son ricos y famosos, Mitch Winehouse dice que “se trata de una simple casualidad”, y vuelca buena parte de la responsabilidad del desastre en el marido de la desaparecida estrella, Blake Fielder-Civil, que la introdujo en las drogas duras y fomentó su dependencia. La relación acabó en divorcio, pero el daño ya estaba hecho.

El éxito de la reina contemporánea del soul, con una voz ahumada propia del jazz, no fue sin embargo casualidad. Niña rebelde que volvía locos a sus padres en casa y a los maestros en el colegio, que faltaba a clase y aparecía tatuada de los pies a la cabeza, encontró pronto en la música su refugio y su modo de expresión, con una fuerza capaz de conmover incluso a quienes no entendían bien sus letras. Con tan sólo 18 años firmó su primer contrato profesional, y en el año 2003 publicó su primer álbum, titulado Frank, que le valió tres discos de platino y la nominación a los premios Brits. Tres años después regaló al mundo Back to black, que la lanzó a la fama. La desgracia y el dolor vendrían más tarde, hace ahora justo un año.

Aquí os dejamos un vídeo:

Fuente: La Vanguardia

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