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Cuando muere la cultura popular

La Maluenga, Astorga, la Maragatería (como comarca y como forma de vida) y la cultura popular están de luto. Antonio Martínez, “el Jamonero”, ha fallecido. Con él, su tamboril, su flauta y toda la experiencia de un auténtico maragato. De los de semblante serio, taciturno y negocio honrado. Al lado de las notas que don Alonso Luengo escribe sobre el modo de ser de los maragatos bien podría estar la imagen de “El Jamonero”.

Tierra sobre el folklore

Cuando ustedes estén leyendo estas líneas, don Antonio ya estará reposando en la paz eterna que disfrutan los que han agotado su vida. Pero con la última palada de tierra sobre su lecho se tapará algo más que a un hombre. Se dará sepultura a la cultura y la tradición maragata misma.

Cierto es que tenemos la suerte de contar con libros, cancioneros, algún joven tamboritero. Pero queda mucho por hacer para mantener vivas las tradiciones y la idiosincrasia de una comarca que no puede permitirse enterrar más hombres como Antonio. ¿Cuántos campaneros quedan en nuestros pueblos?, ¿y cuántas mujeres que se sepan como el padre nuestro todas esas coplillas que cantaban de niñas dándole al huso y a la rueca?. Cuántos arrieros de los del Siglo XX. Esa retahíla de maragatos que se hicieron pescaderos en Madrid.

Más allá del cocido

Hay vida. Sí. La Maragatería es mucho más que un menú que se come “al revés”. Es más que un puñado de casas con patio y las puertas de colores. Es toda esa cultura intangible e impagable que sólo se conserva en los archivos “vivos” de los viejos de los pueblos.

La recuperación de nuestras tradiciones es un deber y una responsabilidad de todos los que nos hacemos llamar maragatos. Es nuestro patrimonio. Y no sólo debemos esperar a que las instituciones de turno tengan a bien acordarse del Leonés, o de los pendones, o de la boda maragata. Tenemos que concienciar a toda la población, en especial a la más joven de que “dejar morir el patrimonio es negarse a si mismo”. Lo entrecomillo pues son palabras del profesor Avello refiriéndose a la Plaza del Grano de León.

Las generaciones que vienen tras nuestros pasos viven tiempos en los que cada vez se ve menos cultura popular. Los viejos van pidiendo tierra y un año se queda el pueblo sin ronda, al siguiente sin campanero; las manos hábiles que tallaban el moral o el nogal han dejado de hacer castañuelas. Y para muchos ver a los maragatos por la calle, o a los paisanos del pueblo bailar la jota a la salida de misa, sólo significa ver a un puñado de “carcas” (con perdón) divirtiéndose a la antigua.

El futuro de la tradición

No es tan negro como parezco pintarlo en este artículo. Es trágico enterrar a hombres como don Antonio. Pero toda la experiencia que a priori se va con él queda flotando en el aire. Sus toques, su estilo, su arte; quedarán para siempre en los vídeos y discos que gracias a los tiempos que vivimos podremos guardar. Las memorias digitales nunca podrán compararse a la edificante charla con un viejo en el escañil de madera bajo el corredor. Pero sirven para mantener vivo el interés por lo que otros dedicaron su vida.

Es agradable ver que todavía algún niño se acerca al tamboritero y su abuelo, o su padre le enseña: “mira, esto se llaman las bragas. Ah, había una coplilla que decía, un maragato en El Val desconsolado lloraba porque no podía sacar por la cabeza las bragas“. En mi pueblo, aún suben algunos pequeños al campanario el día de la fiesta para ver a los más mayores repicar. Alguno lo intenta con cierta habilidad.

No dejemos que todo lo que otros mantuvieron durante siglos se pierda en los cementerios. Hoy Antonio el Jamonero descansará en paz y el viento frío del Teleno arrastrará una última jota por el valle. Mañana, pasado, o cuando llegue el día de la fiesta al pueblo, otro, serio, taciturno y más joven ocupará su lugar en el corro. Y tocará pensando “¿cómo hubiese interpretado esto el Jamonero? quizás así…”

 

 

Los Maragatos: La palabra empeñada, Luis Alonso Luengo y la historia de “La Posada en Madrid”

Pedro González Cuando por tierras maragatas se habla de sus moradores rara es la vez en la que no aparece a colación de las conversaciones el tema de la palabra empeñada. Esa idea que rodea al oriundo de La Somoza y que viene a decir que la honradez de un maragato alcanza tales límites que su mera palabra sirve como pago o adelanto. El verbo del maragato pesa tanto como el oro se podría decir.

Luis Alonso Luengo

Don Luis Alonso Luengo (Astorga 1907, Madrid 2003), en su obra “Los Maragatos, su origen, su estirpe, sus modos” (1981), relata una “curiosa estampa” de Mesonero Romanos incorporada a sus “Escenas matritenses” bajo el título “La posada o España en Madrid”.

Es de gran interés transcribir completa dicha historia para dar un poco más de claridad a este asunto de la palabra empeñada maragata:

Se trataba de la subasta de un “parador y herrador a fuego y en frío” situado en el último trozo de la calle de Toledo. Su dueño -llamado Cabezal- lo ponía en venta reservándose para él la propiedad del edificio. Era de noche y en el ancho vestíbulo de la posada, a la luz de un farol colgado de las vigas, estaban sentados “Cabezal”, el dueño, embozado en su manta de Palencia, y su adjunto “herrador”, apoyado en su bastón de fresno, y de pie “en respetuoso grupo circular -subraya Mesonero- todos los aspirantes y mantenedores de aquella lid”: un andaluz de Utrera, un catalán de Granollers, un asturiano, un aragonés, un gallego, un castellano viejo, un manchego -en fin, “toda España en Madrid”-.

Comenzó la ceremonia “con un sentido razonamiento” –dice Mesonero- del buen Cabezal, del “estado financiero” del negocio, “beneficios y gastos” y del “balance de sus almacenes y mobiliarios”. Y abrió la puja de la que era condición -al parecer- el ir depositando en oro el importe de la misma o presentar garantías reales -en fincas o negocios- de su pago.

Entre un murmullo ascendente, ofrece el gallego 200 reales; sube el catalán a 300 libras; luego el aragonés a 300 pesos “mondos y redondos”; alza la subasta el manchego a “mil pesos dobles justos y limpios” que -dice “hay dentro de este taleguillo”- y muestra, con jactancia, a la luz del farol, una bolsa repleta-.

Hay un silencio expectante, seguido de un profuso rumor desaprobando la fanfarronería del manchego.

Y es entonces cuando, adelantándose al interior del círculo, “un honrado maragato -dice Mesonero- hecha la señal de la cruz, tosió dos veces, escupió miró enderredor y, quitándose modestamente el sombrero, prorrumpió en estas razones”:

-“Con permiso del señor manchego y de toda la concurrencia, yo, Alfonso Barrientos, natural y vecino de Murias de Rechibaldo, en el Obispado de Astorga, parezco de cuerpo presente y digo que, aunque no vengo tan prevenido como el señor que acaba de hablar, traigo, sin embargo, otro argumento que no le va en zaga a su saquillo de arpillera, y mi argumento y este tesoro, es mi palabra, nunca desmentida, es mi crédito harto conocido entre las gentes que se ocupan del tráfico interior. Saque el señor herrero un papelillo de los que le sirven para envolver su cigarro y déjeme poner en él tan sólo mi rúbrica y ella acreditará y hará buena la palabra de que Alfonso Barrientos ha de entregar mil y doscientos pesos por el traspaso del parador.”

-“¡Viva el Reino de León!, ¡viva la honradez maragata! (exclamaron estrepitosamente los concurrentes), y al diablo la fanfarronería de la tierra llana.”

Quedó mohíno el manchego. Pero luego riéndose dijo:

-“No me asustan todas las firmas leonesas. Uno a mi saquillo de oro, otro con doscientos doblones más.”

-“Apunte vuestra merced señor herrador (dijo con calma el maragato) que Alfonso Barrientos da dos mil pesos fuertes con su firma en este papel.”

¿Hay quién da más?, dijo el subastador. ¿Vale la palabra del maragato frente al oro del manchego?

-Vale. No hay más que hablar.

Y se deshizo el círculo de pujadores. Se levantó Cabezal. Se apagó el farol. Y se fueron todos desperdigando calle Toledo arriba bajo la noche de Madrid.

Ruego no se ofenda ningún lector manchego. Sólo es una historia que pretende dar sentido al dicho tan popular de la palabra empeñada. Ni siquiera se si los maragatos de hoy en día seguimos siendo tan honrados como recordaba Alonso Luengo. Ojalá fuese así. No obstante ahí queda eso, y el que quiera entender que entienda, pues es palabra de un maragato. Palabra empeñada.