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Los Maragatos: La palabra empeñada, Luis Alonso Luengo y la historia de “La Posada en Madrid”

Pedro González Cuando por tierras maragatas se habla de sus moradores rara es la vez en la que no aparece a colación de las conversaciones el tema de la palabra empeñada. Esa idea que rodea al oriundo de La Somoza y que viene a decir que la honradez de un maragato alcanza tales límites que su mera palabra sirve como pago o adelanto. El verbo del maragato pesa tanto como el oro se podría decir.

Luis Alonso Luengo

Don Luis Alonso Luengo (Astorga 1907, Madrid 2003), en su obra “Los Maragatos, su origen, su estirpe, sus modos” (1981), relata una “curiosa estampa” de Mesonero Romanos incorporada a sus “Escenas matritenses” bajo el título “La posada o España en Madrid”.

Es de gran interés transcribir completa dicha historia para dar un poco más de claridad a este asunto de la palabra empeñada maragata:

Se trataba de la subasta de un “parador y herrador a fuego y en frío” situado en el último trozo de la calle de Toledo. Su dueño -llamado Cabezal- lo ponía en venta reservándose para él la propiedad del edificio. Era de noche y en el ancho vestíbulo de la posada, a la luz de un farol colgado de las vigas, estaban sentados “Cabezal”, el dueño, embozado en su manta de Palencia, y su adjunto “herrador”, apoyado en su bastón de fresno, y de pie “en respetuoso grupo circular -subraya Mesonero- todos los aspirantes y mantenedores de aquella lid”: un andaluz de Utrera, un catalán de Granollers, un asturiano, un aragonés, un gallego, un castellano viejo, un manchego -en fin, “toda España en Madrid”-.

Comenzó la ceremonia “con un sentido razonamiento” –dice Mesonero- del buen Cabezal, del “estado financiero” del negocio, “beneficios y gastos” y del “balance de sus almacenes y mobiliarios”. Y abrió la puja de la que era condición -al parecer- el ir depositando en oro el importe de la misma o presentar garantías reales -en fincas o negocios- de su pago.

Entre un murmullo ascendente, ofrece el gallego 200 reales; sube el catalán a 300 libras; luego el aragonés a 300 pesos “mondos y redondos”; alza la subasta el manchego a “mil pesos dobles justos y limpios” que -dice “hay dentro de este taleguillo”- y muestra, con jactancia, a la luz del farol, una bolsa repleta-.

Hay un silencio expectante, seguido de un profuso rumor desaprobando la fanfarronería del manchego.

Y es entonces cuando, adelantándose al interior del círculo, “un honrado maragato -dice Mesonero- hecha la señal de la cruz, tosió dos veces, escupió miró enderredor y, quitándose modestamente el sombrero, prorrumpió en estas razones”:

-“Con permiso del señor manchego y de toda la concurrencia, yo, Alfonso Barrientos, natural y vecino de Murias de Rechibaldo, en el Obispado de Astorga, parezco de cuerpo presente y digo que, aunque no vengo tan prevenido como el señor que acaba de hablar, traigo, sin embargo, otro argumento que no le va en zaga a su saquillo de arpillera, y mi argumento y este tesoro, es mi palabra, nunca desmentida, es mi crédito harto conocido entre las gentes que se ocupan del tráfico interior. Saque el señor herrero un papelillo de los que le sirven para envolver su cigarro y déjeme poner en él tan sólo mi rúbrica y ella acreditará y hará buena la palabra de que Alfonso Barrientos ha de entregar mil y doscientos pesos por el traspaso del parador.”

-“¡Viva el Reino de León!, ¡viva la honradez maragata! (exclamaron estrepitosamente los concurrentes), y al diablo la fanfarronería de la tierra llana.”

Quedó mohíno el manchego. Pero luego riéndose dijo:

-“No me asustan todas las firmas leonesas. Uno a mi saquillo de oro, otro con doscientos doblones más.”

-“Apunte vuestra merced señor herrador (dijo con calma el maragato) que Alfonso Barrientos da dos mil pesos fuertes con su firma en este papel.”

¿Hay quién da más?, dijo el subastador. ¿Vale la palabra del maragato frente al oro del manchego?

-Vale. No hay más que hablar.

Y se deshizo el círculo de pujadores. Se levantó Cabezal. Se apagó el farol. Y se fueron todos desperdigando calle Toledo arriba bajo la noche de Madrid.

Ruego no se ofenda ningún lector manchego. Sólo es una historia que pretende dar sentido al dicho tan popular de la palabra empeñada. Ni siquiera se si los maragatos de hoy en día seguimos siendo tan honrados como recordaba Alonso Luengo. Ojalá fuese así. No obstante ahí queda eso, y el que quiera entender que entienda, pues es palabra de un maragato. Palabra empeñada.