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Aquellos domingos con cinco duros

El otro día de compras por un centro comercial me di de bruces con un pequeño rincón de la memoria. En uno de los locales vacíos de la superficie habían colocado tres maquinitas de videojuegos. De las antiguas, con un catálogo de juegos para elegir, pero eran de esas que yo cataba de pequeño cada domingo.

Siempre era lo mismo. A la salida de misa la romería se repetía de semana en semana. De la iglesia a la tienda de gominolas y de ahí a los recreativos. Volver a encontrarme con una de esas máquinas me transportó por unos minutos en el tiempo. Recordé aquellas primeras veces que con miedo (pues los recreativos eran territorio de macarras) entrabas a los salones. El olor a tabaco de los más atrevidos que fumaban mirando de reojo a la puerta no fuese a aparecer algún padre por allí. Pero sobre todo recordé el ensordecedor sonido de los salones de máquinas. El aporrear incesante de botones, los chirridos metálicos del futbolín y la Babilonia de músicas de todas los arcades sonando a la vez.

En el centro comercial eché de menos no tener a mano una moneda de 25 pesetas. Ahora funcionaban “a euro”. Naturalmente no me pude resistir y echar una partidita al clásico de Capcom Street Fighter 2. Mientras el tercer rival me estaba metiendo una paliza de órdago recordé cómo estirábamos la exigua propina dominical.

Cinco duros y un montón de máquinas para elegir. Lo normal era que los echases en la que mejor se te daba. La propina tenía que aguantar hasta la hora de comer; y si “te mataban” pronto sólo te quedaba una cosa: mirar. Ponerte detrás de algún niño más pudiente y ver cómo moneda a moneda se iba pasando los juegos.

Perdí enseguida. En la máquina del centro comercial me refiero. No pasé del cuarto combate y me vino a la memoria cuando me acabé por primera vez el juego con un sólo crédito (no había más). Te quedabas embobado viendo pasar las imágenes del final de la partida sin enterarte de nada, pues los textos estaban todos en inglés. Y los otros niños del recreativo se arremolinaban mirando. Te sentías orgulloso. “Se lo ha pasado con Ryu” comentaban, “y sin continuar”. Mi momento de gloria en los salones de la época.

Me pregunto si seguirá abierto alguno de esos arcades. Si como tantas otras cosas viejas ahora son vintage y si quedan me gustaría saber si sigue habiendo niños de cinco duros como los de mi época.

Cuando llegué a casa me descargué un montón de aquellos juegos para el ordenador. Y volví a jugar a mi juego de lucha favorito. No sentí lo mismo esta vez que cuando tenía el joystick en una mano y la otra aporreando botones. No volvieron a mi cabeza aquellos recuerdos de niñez.

La magia de aquellos salones recreativos se ha perdido para mi. Pero gracias a esa máquina que de casualidad me encontré buscando camisas volví a recordar lo que daban de si cinco duros. Toda una mañana de domingo.