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Don Suero de Quiñones y el “Fecho de Armas” más famoso de León

Esta es la historia de un hombre de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor… es uno de los relatos caballerescos reales que trastocaron la delicada salud mental de Alonso Quijano; “Digan que fueron burlas las justas de Suero de Quiñones, del Passo”, diría el manchego (o la pluma cervantina, según se mire). Ya por aquel entonces el hecho (o fecho) de Armas del caballero leonés era una de esas gestas que se recordaban de tiempos atrás.

No fue una “Justa”, fue un “fecho”

Cuando Suero de Quiñones en el año 1434 entró en el castillo de la Mota (Medina del Campo) lo hizo acompañado de 9 caballeros con armadura completa. Llevaba una argolla de hierro al cuello y se presentó ante Juan II, rey de Castilla, su esposa doña María, el heredero a la corona, el condestable del reino y otros nobles, clérigos y caballeros.

Juan II Rey de Castilla

Eran esos tiempos en los que se forja la leyenda caballeresca, el amor cortés y los votos por la amada. Don Suero solicitó al monarca permiso para celebrar un “Fecho de Armas” en juramento al voto que había hecho a su amada Doña Leonor de Tovar. La gesta consistiría en llevar cada jueves la argolla al cuello como señal de su “prisión de amor” y el único medio de liberarse sería mediante la lucha contra todo aquel caballero que osase cruzar el paso del río Órbigo en pleno camino de Santiago. Un mes durante el que el caballero y su mesnada se batirían a pie o a caballo en combate singular hasta “partir 300 lanzas”. Después peregrinaría a Santiago si lograba salir con vida.

Pues bien, no es mi intención llevarle la contraria a los organizadores de las actuales “Justas Medievales de la villa”, pero existe una ligera diferencia de matiz. Una Justa es un torneo organizado para medir la destreza de los competidores. En el caso del asunto de Don Suero se trataba de lo que se conocía como un “passo de armas” o “fecho de armas”. La finalidad no era ser el más diestro en ninguna disciplina caballeresca de la época: era salir con vida y cumplir con el voto empeñado.

68 de 300

Una de las condiciones del passo era la de hacer caer a 300 caballeros en el mes que Don Suero y sus hombres bloquearían el puente. Demasiadas lanzas para un sólo mes, al final fueron 68 los atrevidos a oponerse a la prueba de armas. Todos mordieron el polvo y sus espuelas engalanaron la tienda del leonés. Pero muchos más quedaron al otro lado del puente esperando su turno. Llamados por el deseo de gloria y fama (el passo se había convertido en un hecho insólito) una buena porción de hombres de armas se acercaron hasta la localidad de Hospital de Órbigo para retar a la hueste de Suero. Cansado y herido tras un mes de combates reusó todo nuevo enfrentamiento dando por cumplida parte de su promesa, la de aguantar firme 30 días en el palenque. Recuperado peregrinó a Santiago y se casó con su amada, Doña Leonor de Tovar. El peso de “amor” que llevaba al cuello se liberaría finalmente.

Aunque mal acabó nuestro héroe de leyenda. 22 años después de su gesta seguía manteniendo disputas con otro caballero, Gutierre de Quijado, quien enviaría a unos matasietes para que acabasen de forma poco honrosa con la vida de Don Suero de Quiñones.

Hoy se sigue recordando aquel acto de gallardía más propio de una novela que de la propia realidad histórica y cada mes de Junio en Hospital de Órbigo se levanta un palenque en el que los caballeros de la actualidad miden su destreza con las armas. Lo de hoy es una fiesta y que “Digan que fueron burlas las justas de Suero de Quiñones, del Passo”.

 

Mayo de 1808 el inicio de la Guerra del Pueblo

Somos un pueblo extraño. Me refiero a los españoles por supuesto. Tenemos toda una brillante trayectoria de guerras intestinas que salpican nuestra historia. El peor enemigo de un español siempre ha sido otro español. Y si bien en su mejor momento España no se partía la cara con medio mundo, aun sacaba tiempo para pegarse entre si. No hemos sabido cuidar a nuestros vecinos de al lado, y eso es algo que hay que remarcar. Navarros, gallegos, leoneses, catalanes, indianos… había un rey de las Españas, en plural, porque eran muchas.

De fuera vendrán…

Y es que la mejor manera de tener ocupados a los españoles en otros menesteres que no fuesen pelearse entre ellos es que un tercero se sume al baile. Y eso es lo que le pasó al bueno de Napoleón. Estaba sometiendo a media Europa casi tan sólo con su presencia, y España, naturalmente no iba a ser menos. Un pueblo acostumbrado a molerse a garrotazos entre hermanos, con una familia real incapaz y con un ejército perdido en Dinamarca la cosa estaba hecha.

Se quejaría después en sus memorias de la “úlcera de España”. Con la francesada campando a sus anchas por casa y con una realeza secuestrada ocurre algo que sólo puede partir del sentimiento y la cabezonería española. Hay que levantarse contra el francés y restaurar la queridísima monarquía que nos lleva de desastre en desastre. Mejor malo conocido que bueno por conocer. Qué razón lleva el refrán. Así fue como España tuvo una vez un enemigo común. El ejército de Napoleón. Lo de del Mayo madrileño todos lo conocemos. Los mamelucos por aquí, los navajazos a los coraceros por allá, Daoíz y Velarde aguantando el tipo en Monteleón… y los fusilamientos que bien retrató Goya.

La Guerra del Pueblo

Lejos de una Europa Unida, fuerte y subyugada bajo las botas del corso, a Napoleón no le salieron del todo bien los planes. Lo de España sería un reflejo de lo que ocurriría en el resto del Viejo Continente. La invasión francesa comenzó a despertar un sentimiento de pertenencia a una nación como no se había vivido hasta entonces. El pueblo se armaba por España, y por el Rey. Aunque fuese un inútil, era español (Borbón, pero español) y había que defenderlo a capa y navaja.

No esperaba Bonaparte que ese pueblo dócil, anclado en las tradiciones más arcaicas, alejado de las ideas ilustradas, analfabeto… mostrase semejante entereza ante el mejor ejército del mundo. Y aún menos por defender a un rey al que ni quería, pero que de la noche a la mañana se convirtió en el “deseado”.

Que nadie se me alarme, la guerra no la ganó el pueblo; fueron los británicos, pero la resistencia pertinaz de las guerrillas, los sabotajes, el espionaje y las tropelías de la población entre los destacamentos invasores hicieron lo suyo, y bastante bien. Desgastaron durante años a un ejército que acostumbrado a paseos triunfantes por los campos de batalla se veía preso del propio país que intentaba dominar.

La campaña británica en la Península fue ejemplar, y bien le sirvió de entrenamiento para acabar con Napoleón en aquel barrizal de Waterloo. Pero dando de comer, de beber, hospedando a los “sires” ingleses estaba ese populacho español, muerto de hambre y maltratado por todos, aguantando por arrestos lo que caía con tal de verse libre de lo que fuese aquello que querían traer los franceses. Todos eran españoles y como tales luchaban codo con codo por librar la patria del invasor gabacho.

¿Muerto el perro se acabó la rabia?

Y se ganó la Guerra Peninsular, o de la Independencia, y los franceses cruzaron los Pirineos con el rabo entre las piernas. Y España volvió a ser libre. Y el “Felón” volvió a su trono. Y todos aquellos españoles que se habían partido la cara por largar de su tierra al invasor, que habían redactado una constitución y que aunque revueltos estuvieron juntos recibieron buena recompensa.

El orgullo de ganar una gran guerra, la restauración más feroz de su monarquía, la abolición de aquella Carta Magna de Cádiz; la represión de los liberales y la vuelta a sus levantamientos militares, sus golpes de estado y sus guerras intestinas. Curioso pueblo el español.

Ya lo dice Serrat, acabada la fiesta…

Y con la resaca a cuestas
vuelve el pobre a su pobreza,
vuelve el rico a su riqueza
y el señor cura a sus misas.

Se despertó el bien y el mal
la zorra pobre vuelve al portal,
la zorra rica vuelve al rosal,
y el avaro a las divisas.

 

Arqueomúsica, el sonido de la historia

Gracias a la arqueología sabemos de dónde venimos, quiénes somos, cómo hemos evolucionado a lo largo de la historia y podemos casi hasta comprender por qué actuamos y vivimos de una u otra forma.

Rastrear el pasado desenterrando los secretos del tiempo en las excavaciones nos ha permitido conocer casi de forma personal cómo vivía el hombre del viejo continente en la antigüedad. Sabemos de su escritura, de sus leyes, de su arte, hasta de su gastronomía. Pero hay algo que la arqueología convencional no consigue hacer llegar a todos nuestros sentidos: el sonido de la historia.

Se me vienen a la cabeza textos de Estrabón citando los bailes de los pueblos hispanos prerromanos, o las representaciones teatrales de la Grecia Antigua. También imagino a César cruzando desafiante el Rubicón precedido de unas fanfarrias a las que no logro poner ritmo, ni timbre. Nada. La música en la historia parece estar silenciada.

Arqueomúsica ¡Así sonaba la Europa Antigua!

Es el nombre de la exposición Itinerante que recorrerá diferentes ciudades europeas acercando a todos los amantes de la historia los sonidos de la antigüedad. Desde los orígenes de la Humanidad, pasando por las principales culturas europeas, la huella de Grecia y Roma y más allá.

El Proyecto Europeo de Arqueología Musical (EMAP) del Programa Cultura de la UE, con la Universidad de Valladolid como única sede española, conjuga la investigación científica, las nuevas tecnologías, la divulgación y creación artística musical para poner de relieve las antiguas raíces musicales de la cultura europea.

Arqueólogos, científicos, músicos, artesanos de toda Europa se han puesto manos a la obra para reconstruir y recrear instrumentos rescatados de las excavaciones y de los diferentes yacimientos del Continente. El resultado es la exploración a fondo de las técnicas musicales, artísticas y de la conexión entre culturas a través de la música.

Por supuesto el gran protagonista es el sonido. No sólo la vista será regalada a los visitantes por medio de las reproducciones, si no que éstas pueden ser tocadas con la idea de acercar al asistente el sonido de la historia.

En esta muestra interactiva se podrá disfrutar de numerosos audiovisuales, videojuegos y de una gran puerta al pasado que ayudarán a los visitantes a conocer los paisajes sonoros del pasado.

Valladolid hasta el 21 de mayo

Tras su estancia en Ystad (Suecia), la muestra llegó a la capital vallisoletana el 7 de febrero. Como única sede de la exposición en España, se podrá visitar hasta el 21 de mayo en el Museo de la Ciencia de Valladolid. Una buena oportunidad que no debería dejar escapar cualquier amante de la historia, de la música o de ambas. Entre los demás curiosos seguro que despierta pasiones, y su carácter interactivo la hace especialmente atractiva para el público más joven.

Tras su paso por Valladolid la muestra viajará a Liubliana (Eslovenia), Roma (Italia) y Brandemburgo (Alemania).